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Sunday, February 12, 2012

Libia y la transformación de la izquierda occidentalista en izquierda OTANista



Libia y la transformación de la izquierda
occidentalista en izquierda OTANista

Por: Albert Escusa

La izquierda OTANista, que tanto ha gritado contra las «masacres de Gaddafi» y por la «revolución Libia», intenta ahora no salir fotografiada demasiado cerca de la OTANDescripción: http://www.lahaine.org/skins/basic/img/espaciador.gif

La izquierda occidentalista y la ruptura con el internacionalismo

Vivimos en el período histórico en el cual la izquierda occidentalista se transforma en izquierda OTANista.
Cuando coinciden el discurso, los referentes morales y los objetivos de la izquierda con los de sus supuestos enemigos –los representantes del capitalismo y el imperialismo, y su brazo armado, la OTAN– es que algo anda muy mal entre la izquierda. Y no sólo por la coincidencia de ideas sin peligro real: la crisis capitalista mundial, iniciada en 1973 y acelerada tras la desaparición de la URSS en 1991, empuja a las diferentes potencias imperialistas a una sucesión de brutales agresiones militares y de ocupación neocolonial de los países cuyos gobiernos no pueden controlar directamente y que además disponen de abundantes recursos naturales. El consenso entre una buena parte de la izquierda occidental y el imperialismo en la necesidad de destruir el régimen libio y aniquilar a Gaddafi es muy preocupante: Libia es un eslabón de una larga cadena de agresiones que se preparan contra todos aquellos Estados que conserven aunque sea cualquier vestigio de independencia y soberanía nacional.

Las actitudes de complacencia de la izquierda anti-Gaddafi ante la nueva secuencia de la globalización imperialista desmovilizan a los sectores solidarios e internacionalistas de occidente ante la escalada militarista del imperialismo, que probablemente amenazará pronto con sus golpes de Estado, sus escuadrones de la muerte, sus aviones de combate y sus bombas de uranio empobrecido a países como Siria, Irán, Costa de Marfil, República Democrática del Congo y… quizás Ecuador, Nicaragua, Venezuela y Cuba si persisten en seguir un camino socialmente opuesto al diseñado por la globalización capitalista.

En el caso de Libia, nuevos datos acerca de las implicaciones de las potencias imperialistas en el desencadenamiento de la rebelión anti-Gaddafi, reafirma el convencimiento de que no nos encontramos ante una «revolución contra el tirano» como defienden los medios de comunicación imperialistas y la izquierda occidentalista, sino ante una agresión de tipo neocolonial por parte del imperialismo contra un Estado independiente. Por ello Gaddafi debe ser apoyado por la izquierda internacionalista como el representante de una lucha patriótica anticolonial legítima y necesaria, a pesar de que a ciertas personas les despierte más o menos prejuicios que Gaddafi en lugar de dormir en una habitación con cama lo haga en una “jaima”. ¿Debe ser esa una posición definitiva para siempre? No, puesto que todo régimen político puede evolucionar en un sentido progresista o reaccionario dependiendo de las fuerzas externas e internas que actúan sobre él, pero de lo que se trata es de tomar partido ahora y no esconderse tras las fáciles ambigüedades o las estériles condenas verbales. Estas actitudes sólo sirven para mantener una imagen de progresía artificial y vacía más propia de la izquierda postmoderna carente de ideologías (y de ideas), que repudia con el fanatismo del converso conceptos como luchas de clases, imperialismo y liberación de los pueblos oprimidos, considerados como recuerdos infantiles de una época lejana en la que esta izquierda reciclada cultivaba la pose de la radicalidad y el extremismo.

Algunos sectores de esta izquierda occidentalista, que se dicen seguidores de Marx o Lenin, se escudan en el argumento de que tales regímenes o gobiernos del tercer mundo no tienen nada que ver con el socialismo: aunque eso fuera cierto, algunos han tenido o tienen indiscutibles elementos de progreso social para las masas que el imperialismo desea eliminar, como la reforma agraria, nacionalizaciones, igualdad de la mujer, etc. Pero además, quien plantea ese debate está huyendo del problema, puesto que lo que interesa no es una discusión doctrinal sobre el socialismo en tal o cual país, sino de la lucha contra el imperialismo en el mundo. Por otra parte, es evidente que sólo el pueblo libio debe tener la última palabra para pronunciarse a favor o contra Gaddafi como líder libio.

En diferentes análisis se han presentado pruebas sobre los vínculos entre las organizaciones de oposición libias que lideran la revuelta y la CIA –lo que no excluye la posibilidad que en algunos sectores sociales libios haya un resentimiento sólido contra Gaddafi debido al deterioro de la situación interna del país–, la presencia de tropas especiales de Gran Bretaña y Estados Unidos en las zonas controladas por la oposición, y el contrabando de armas desde Egipto para preparar las «manifestaciones pacíficas» que destruyeron tanques y cuarteles militares e incendiaron multitud de edificios. Nuevos datos parecen validar la tesis de Gaddafi de que tras las revueltas se encuentra también Al Qaeda: según informó el presidente de Chad, organizaciones vinculadas a Al Qaeda asaltaron cuarteles militares en Libia y se apoderaron de una gran cantidad de armamento (1), y los propios dirigentes de la oposición reconocen haber reclutado milicianos de esta criatura terrorista de Estados Unidos para combatir a Gaddafi, mientras que islamistas radicales del Reino Unido se han organizado para apoyar a esta misma oposición (2).

Pero lo más revelador de la injerencia occidental descarada en la «revolución libia» son las pruebas presentadas por un periódico italiano –probablemente reveladas por los servicios de espionaje de este país– sobre la implicación de los servicios de inteligencia de Francia y de cercanos colaboradores de Sarkozy en la compra de algunos altos militares y funcionarios libios, que traicionaron a Gaddafi y que informaron de secretos militares claves y de los sectores sociales y políticos descontentos con el gobierno libio, que deberían ser organizados para la revuelta. Estos altos funcionarios y militares que desertaron y entraron al servicio de Sarkozy fueron después los responsables del desencadenamiento de las revueltas. En realidad, éstas fueron previstas para el día 22 de enero, pero se abortaron debido a la detención del coronel Gehani –el hombre de los franceses en Bengasi– por los militares leales (3), aunque la red clandestina que debía preparar la insurrección ya estaba lista para actuar. No fue fruto de la casualidad que Francia fuera el primer país en reconocer a la oposición de Bengasi como el único gobierno legítimo de Libia, ni tampoco que Gaddafi comparara a esta oposición con la “quinta columna” en el interior de la República española que trabajó por el triunfo del general fascista Franco (4).

A pesar de todas las revelaciones sobre la naturaleza de las revueltas libias y de las bombas “humanitarias” que van masacrando civiles y destruyendo hospitales y otras infraestructuras del «régimen», la izquierda occidentalista prefiere mirar hacia otro lado y seguir con su discurso visceralmente anti-Gaddafi, exigiendo, al igual que Obama, Zapatero, Sarkozy y otros «revolucionarios», la destrucción del régimen libio. Esta izquierda, que se deja arrastrar por las apariencias de los sucesos y rehúye las reflexiones en profundidad, considera que lo que hay en juego es una genuina revolución popular contra una dictadura pro-occidental. Pero el trasfondo real de la crisis libia es la guerra entre varios países, básicamente EE.UU-Francia-Italia-España y Alemania, por el reparto del petróleo libio y la aniquilación de un gobierno poco seguro para el imperialismo, y el veto a China de continuar sus relaciones económicas con Libia. Esta verdad, revelada por los sectores más lúcidos de la izquierda desde el primer instante (algunos intelectuales comprometidos y los gobiernos del ALBA como Cuba, Venezuela, Bolivia, Nicaragua y otros), ha sido ignorada por la izquierda occidentalista, que tan iluminada se siente para interpretar la realidad política de Libia, pero en cambio navega en la oscuridad cuando de lo que se trata es de elaborar en su propia casa alternativas creíbles que le permitan recibir el apoyo mayoritario de los trabajadores. Es preciso comprender que tras el odio irracional contra el dirigente libio se esconde una política consciente de colonización del país africano por parte de las potencias imperialistas en la que una parte sustancial de la izquierda está colaborando con su irresponsable actitud.

La izquierda occidental y Libia: tres posiciones divergentes

Libia no sólo ha producido una división entre el campo imperialista, entre los atlantistas más acérrimos como Francia y Estados Unidos por una parte, y Alemania –opuesta a la intervención– por otra. A medida que se recrudece la crisis libia se clarifican las posiciones de la izquierda occidental respecto al conflicto, cristalizando lentamente tres posturas divergentes. Las dos primeras están de acuerdo en la demonización de Gaddafi y la criminalización del gobierno libio, pero están divididas entre la corriente belicista y la más o menos antibelicista debido a las discrepancias acerca de la necesidad de una guerra para destruir al régimen de Gaddafi.

La izquierda belicista, muy vinculada a las instituciones y parlamentos de los países imperialistas –aquí encontraríamos a los favorables a la agresión militar, como los ecosocialistas, algunos miembros del Partido de la Izquierda Europea, algunas organizaciones comunistas derechizadas, direcciones de los sindicatos mayoritarios, muchos nacionalistas de izquierda, etc.–, piensa que hay que apoyar la intervención imperialista como mal menor para prevenir las «masacres de Gaddafi contra su pueblo».

La otra postura es antibelicista (con ciertos matices), y aquí entraría la izquierda “Ni-Ni” –ni Gaddafi ni imperialismo–, constituida por algunas organizaciones de la izquierda parlamentaria, otros partidos comunistas y la mayoría de las organizaciones de la extrema izquierda como el trotskismo, plataformas anti-guerra, etc., que apoyan las revueltas armadas y están a favor de la destrucción del gobierno libio. Coinciden con las potencias agresoras en los objetivos, pero difieren en los métodos.

Estas dos posiciones representan dos variantes de la izquierda occidentalista, una izquierda que coincide en considerar que los valores de democracia, derechos humanos, libertad, etc., tal y como son entendidos por el liberalismo burgués europeo, y las formas de organización de las sociedades europeas, son totalmente preferibles a otras formas de gobierno o sociedades que existen en diferentes Estados del Tercer Mundo, definidos genéricamente como «dictaduras» o «autocracias» sobre «pueblos atrasados».

Es una izquierda radicalmente eurocentrista en su forma de ver al resto del mundo y los conflictos sociales en otros países, a pesar de que aparentemente condene el eurocentrismo, y este eurocentrismo a veces también contagia a algunas organizaciones progresistas del tercer mundo, que adoptan miméticamente sus análisis políticos. En la práctica, las dos corrientes de la izquierda occidentalista defienden, aunque sea de forma inconsciente, una solución neocolonial para Libia, al defender la eliminación del que hoy es el líder de la resistencia, el coronel Gaddafi.

Una tercera posición, muy minoritaria en occidente, es la de aquella izquierda que, sin estar necesariamente a favor o en contra del gobierno libio y de Gaddafi, considera que hay motivos importantes para sospechar de la unanimidad en la demonización de Gaddafi, y que hay en marcha una operación del imperialismo para sustituir a un régimen nacionalista del Tercer Mundo –que quiere proteger su petróleo y la independencia del país– por otro que le sea fiel, mediante una clásica operación de agresión; esta izquierda afirma que la postura internacionalista implica, en estos momentos, tomar activamente partido por Gaddafi como máximo representante de un Estado agredido por el imperialismo y abandonar las posibles discrepancias con él y considerarlas ahora como secundarias. En esta última corriente se situarían algunos partidos comunistas y antiimperialistas que no han sucumbido a la propaganda de guerra. A nivel internacional, los gobiernos del ALBA, a pesar de no entrar dentro del ámbito de la izquierda occidental, serían los que con más determinación representan esta postura.

De estas tres corrientes en la izquierda occidental, la formada por la izquierda “Ni-Ni” es la más dañina para el internacionalismo y la solidaridad, puesto que, defendiendo en apariencia posturas antiimperialistas, le otorga legitimidad al imperialismo en su empeño de destruir el Estado libio, a pesar de que esta izquierda se oponga a la guerra. Entre la izquierda “Ni-Ni” el razonamiento es el siguiente: “si el régimen de Gaddafi es tan malo y ha cometido tantos crímenes, es un mal menor que sea aniquilado por la OTAN”. Resultado práctico entre los ciudadanos potencialmente anticolonialistas: “no vale la pena movilizarse contra la agresión, porque no hay diferencias entre agresores y agredidos, todos son igual de malos”. Las dos corrientes de la izquierda occidentalista defienden los mismos objetivos que los gobiernos imperialistas y la izquierda guerrerista: destruir a Gaddafi. Solamente discrepan en los medios, porque algunos piensan que la agresión militar es moralmente rechazable. Esta misma izquierda ha colaborado en que la idea de revolución, que antiguamente aterraba a las clases dominantes, haya sido convertida por los grandes medios de desinformación de masas en sinónimo de su contrario.

La izquierda occidentalista y la propaganda de guerra

La propaganda de guerra contra Libia ha hecho mella entre muchos sectores de la izquierda: palabras pronunciadas desde la visceralidad o la manipulación descarada como «masacres», «tirano», «el régimen que se derrumba ante la revolución», los «mercenarios de Gaddafi», el «genocidio del dictador contra su pueblo», han sido las mentiras sobre las que se han realizado los preparativos de la agresión. Las víctimas –los buenos– son los opositores a Gaddafi, los «revolucionarios», los que tienen «víctimas civiles pacíficas» (a pesar de estar armados con tanques, lanzagranadas o aviones).

Los partidarios de Gaddafi –los malos– no tienen víctimas civiles nunca, como máximo los muertos son «partidarios del régimen», «escudos humanos» o «mercenarios africanos» y por lo tanto los misiles y las bombas de la OTAN pueden atacarlos impunemente. El guión no es nuevo, se ha repetido numerosas veces y se ha perfeccionado desde Yugoslavia, Irak y Afganistán. Pero entre una parte sustancial de la izquierda y de la extrema izquierda occidental, la desmemoria –o algo mucho peor– parece haberse convertido en una seña de identidad. Para la izquierda occidentalista, la palabra anticolonialismo debería ser relegada al museo de la historia definitivamente.

Las organizaciones de izquierdas –entre las que se encuentran algunas que teóricamente representan posturas ideológicas opuestas–, que desde sus atalayas moralizantes y sus vacíos evangelios ideológicos están promoviendo el derrocamiento de Gaddafi y argumentan que las masas libias luchan por un régimen político y social mejor que el actual, ya tienen motivos para nuevos festejos y celebraciones. Esta izquierda lanza los dardos verbales, fabrica las lecciones de moral contra Gaddafi y exigen su eliminación, y la OTAN escucha alegremente estos llamamientos y arroja las bombas, siguiendo el mismo guión que con Milosevic y Saddam, por nombrar dos «demonios»: en esos países, como todos pueden comprobar, también las «masas oprimidas» han conquistado la libertad y la democracia, y un mayor nivel de vida que durante los anteriores regímenes. Por ello esta misma izquierda debió celebrar como una bacanal romana que sus odiados demonios, los dirigentes de la antigua Yugoslavia e Irak, fueran eliminados en nombre de la democracia y los derechos humanos, y que estos países, junto con Kosovo y Afganistán, se convirtieran en los nuevos puestos avanzados de la OTAN tras provocar cientos de miles de víctimas y una gigantesca destrucción de infraestructuras, medios de producción y edificios civiles.

Y es que desde los cómodos púlpitos instalados en los microscópicos vaticanos ideológicos en los que se ha convertido una parte de esta izquierda OTANista, es muy fácil hablar de los “principios revolucionarios” sin tener que preocuparse nunca de aplicar tales principios en la práctica. Por ello la izquierda occidentalista abraza la criminalización de Gaddafi y su régimen, sin dar ni un instante a la duda o a la crítica. Por este motivo se ha convertido voluntariamente no sólo en el referente moral del imperialismo, sino en algo de mucha más substancia: en la vanguardia ideológica de la OTAN. Tras cada «régimen delincuente» atacado por la izquierda occidentalista y derribado por el imperialismo, se instalan automáticamente bases militares de la OTAN.

La izquierda OTANista, las «masas revolucionarias» y el mesianismo occidentalista

La izquierda OTANista representa en realidad, más que un lobby anti-Gaddafi, una especie de movimiento político informal que abarca a varios países, agrupando a algunas organizaciones de la izquierda o la extrema izquierda. Éstas últimas, normalmente con escasa o nula influencia entre las masas de sus propios países, son las que más se entusiasman cuando ven llenarse las calles y plazas en los exóticos países lejanos. Y por ello, cuando ve movimientos de masas en cualquier parte del mundo, automáticamente sufre una excitación nerviosa que le impulsa a repetir obsesivamente, con la voz metálica de un robot, la consigna que le fue programada en el laboratorio: «revolución». Para esta izquierda, todas las masas en la calle son revolucionarias por naturaleza: tanto los alemanes de Checoslovaquia que en 1938 llenaban las calles porque querían ser anexionados por la Alemania nazi, como los trabajadores griegos que han protagonizado varias huelgas generales contra las medidas antisociales de la Unión Europea, o como los estudiantes venezolanos hijos de papá, que trataron de paralizar las universidades y desestabilizar el país en protesta por una ley del gobierno bolivariano que garantizaba el acceso a la universidad para los pobres. En el gen originario de la izquierda occidentalista está escrito que todos ellos forman parte, en potencia, de las gloriosas «masas revolucionarias» llamadas a cambiar el curso de la historia independientemente de las posiciones que defiendan.

En el caso libio no es de extrañar que este esquematismo mental de la izquierda eurocentrista haya activado su mesianismo occidentalista: ante la revuelta antigubernamental de algunos sectores sociales y de organizaciones de la oposición contra el gobierno libio (que, lejos de ser pacíficos, disponen de aviones, tanques y gran cantidad de armas, y al menos una gran parte de ellos tiene conexiones demostradas con la CIA, los sionistas y otras agencias imperialistas), el esquematismo de esta izquierda equipara automáticamente la crisis libia con las revoluciones en Túnez, Egipto y otros lugares: como todos hablan árabe y tienen la piel tostada por el sol –razona la izquierda eurocentrista–, todos persiguen los mismos objetivos, defienden los mismos intereses y luchan por los mismos ideales. Así, a esta izquierda le es indiferente que quienes se manifiesten sean los sindicatos tunecinos, el pueblo saharaui, los partidos comunistas ilegalizados, los jóvenes liberales y pro-yanquis egipcios, la oposición anti-Gaddafi residente en Egipto dirigida por la CIA y Sarkozy, las mujeres que luchan por sus derechos, los islamistas radicales o las masas empobrecidas.

Decía Lenin, en referencia a los movimientos anticoloniales de los países oprimidos, que éstos debían ser apoyados por la Internacional Comunista con el objetivo de favorecer la formación de partidos proletarios independientes de la burguesía revolucionaria de las colonias. Y por ello la izquierda OTANista se ha puesto manos a la obra: en las mentes de esta izquierda, los que protestan contra Gaddafi y que luchan bajo las banderas de la reaccionaria monarquía libia así como y las bandas de Al Qaeda se convierten en el ardiente «proletariado revolucionario» con sus rojas banderas. Las organizaciones de oposición financiadas y armadas por la CIA son, ni más ni menos, el partido de vanguardia de este curioso «proletariado» libio. Y a esta magnífica cinematografía de exaltación revolucionaria sólo le faltaría unas escenas en las que el ejército de la OTAN se convierta en el nuevo Ejército Rojo que desembarca en Libia para liberar a África de este “Hitler-Gaddafi”.

Algunos sectores de esta izquierda OTANista, que tanto griterío ha organizado contra las «masacres de Gaddafi» y la «revolución Libia» –a la que algunos, sin ninguna pizca de vergüenza, la sitúan en la onda del “Programa de Transición” de Trotski, o se la considera como la versión árabe del asalto al Palacio de Invierno por parte de los bolcheviques–, intentan ahora no salir fotografiados demasiado cerca de la OTAN y por ello presentan los ataques del imperialismo contra el pueblo libio y contra el ejército de Gaddafi (al que acusan de estar destruyendo a la «revolución libia») como una maniobra de las potencias occidentales, ¡para evitar que triunfe la «revolución libia»! ¿No nos contaba hace unos instantes la izquierda OTANista precisamente que Gaddafi era el enterrador de la revolución libia y que por ello era un dictador tolerado por el imperialismo? ¿Cómo es que ahora el imperialismo está destruyendo el ejército que se nos decía que estaba combatiendo a esta fantástica revolución, y además pretende asesinar a Gaddafi? ¿Nos toman por estúpidos o tienen tanta (des)vergüenza de lo que afirmaban hace unos instantes que intentan lanzar balones fuera ridículamente?

¿Debe ser Gaddafi el nuevo demonio de la izquierda OTANista?

Gaddafi y su régimen han sido invariablemente condenados por amplios sectores de izquierda, incluso por algunos que no entran dentro de la definición de la izquierda OTANista. No se trata aquí de defender al régimen libio como el ideal y a Gaddafi como el revolucionario ejemplar, puesto que eso deberá hacerlo el pueblo libio. Pero es preciso al menos, respecto las graves acusaciones que se le imputan, sopesar los elementos que podrían matizar o poner en duda algunas de las miradas más destructivas sobre Gaddafi. Veamos, pues, algunas dudas que surgen sobre la diabolización de Gaddafi y su régimen:

1)La familia de Gaddafi sería la élite de un sistema dictatorial y corrupto que monopoliza las riquezas petrolíferas del país para amasar una fortuna familiar. En realidad, sobre el sistema político de Libia muy poco conocemos –y la izquierda anti-Gaddafi tampoco nos da ningún detalle más allá de la cantinela de la «dictadura» o la «autocracia»–, excepto que no existen partidos políticos en el país y que su institucionalidad parece venir, aparentemente, del llamado “Libro Verde” de Gaddafi, y de unos Comités Populares donde están integrados representantes de diversos sectores sociales y tribales, cuyos representantes son elegidos de forma directa por la ciudadanía. Además, también es importante el hecho de que en Libia, el sistema tribal, tiene mucho peso a la hora de las decisiones políticas y la resolución de conflictos: por ejemplo, según informa la Agencia Bolivariana de Noticias, Gaddafi convocó una “marcha verde” de todas las tribus desde Trípoli hacia Bengasi para tratar de resolver los conflictos de forma pacífica (5).

Para la izquierda occidentalista, que desconoce la existencia de otras formas de organización social que las que ha producido el capitalismo en Europa y Norteamérica, estas complejidades no pueden entrar en sus esquemas mentales eurocentristas, donde las categorías del pensamiento liberal (incluso entre algunos que se denominan marxistas y revolucionarios) como democracia/dictadura-buenos/malos son las únicas aceptadas para el análisis social.

2)La familia de Gaddafi utilizaría el petróleo y la represión a su pueblo para enriquecerse constituyendo una autocracia corrupta. Las gravísimas imputaciones de corrupción –a veces realizadas en un tono grotesco, como si Libia fuera el único país corrupto del mundo–, podrían ajustarse a la realidad. Pero, dejando de lado algunas acusaciones sobre supuesto nepotismo o supuestos escándalos de hijos de Gaddafi en Europa, o de las cuentas bancarias en el extranjero que se le atribuyen a la familia –que en realidad representarían los fondos que Libia, como todos los demás países, tienen depositados en el extranjero para la inversión y el comercio internacional–, muy pocas pruebas concretas –por no decir ninguna– sobre las imputaciones de corrupción han sido presentadas, al menos hasta el momento.

Estas acusaciones, por otra parte, de ser falsas podrían enmarcarse en la estrategia de desinformación de la CIA hacia los sectores de izquierda potencialmente solidarios de Gaddafi: la revista Forbes afirma periódicamente –y una gran parte de la población se lo traga– que Fidel Castro es el hombre más rico del planeta, puesto que, al igual que pasa con Gaddafi, se considera que todas las riquezas del país le pertenecen en exclusiva. Por otra parte, los supuestos casos de corrupción practicados por algunos miembros de la familia Gaddafi no tienen por qué salpicar automáticamente a toda la familia o a todas las instancias del Estado: las acusaciones, si son ciertas, hay que probarlas. Testimonios extranjeros que residen en Libia y que explican las reiteradas medidas del gobierno para combatir la corrupción, deberían ser tenidos en cuenta.

3)Gaddafi se ha vendido al imperialismo al permitir inversiones extranjeras, privatizaciones de empresas y relaciones diplomáticas con occidente, y a cambio ha recibido armas «para reprimir a su pueblo». Esta acusación procede sobretodo de muchos que dicen llamarse seguidores de Lenin, quienes «olvidan» que su maestro debió hacer lo mismo para salvar al gobierno bolchevique ruso del colapso. Dejando de lado que gran parte de estas armas no proceden de occidente, sino que son de fabricación soviética, como la mayoría de tanques y aviones, nadie habla del daño que el bloqueo al que las potencias occidentales sometieron a Libia durante muchos años, dañó sensiblemente a la economía y provocó problemas sociales de consideración, sobre todo en los sectores más jóvenes de la población.

Para tratar de salir del aislamiento y asfixia al que occidente le sometió, el gobierno libio lanzó un programa de privatizaciones de empresas públicas, de liberalización y de acercamiento diplomático a occidente. Mediante un matrimonio de conveniencia garantizó el suministro de petróleo libio a los gobiernos imperialistas a cambio de obtener la supervivencia política. Esta política de concesiones –probablemente imprescindible– no podía dejar de provocar descontento social en algunos sectores más perjudicados. Aún así, Libia es el país africano con mayor renta per cápita, distribución de ingresos más equitativa y donde la mujer tiene una posición mucho más igualitaria con el hombre; además se garantizan derechos a la salud y la educación universal –un sueño casi inalcanzable en el resto del continente–, cuestiones que la izquierda occidentalista siempre oculta al hablar de Libia.

Algunas informaciones que consiguen sortear el bloqueo mental y el pensamiento único anti-Gaddafi, están ofreciendo una perspectiva que, desde una mirada crítica de izquierdas –si es que queda algo–, debería al menos considerarse: la posibilidad de que la llamada «dictadura» sea en realidad un conjunto de fuerzas en delicado equilibro y de sectores sociales con intereses diferentes, y que Gaddafi haya representado dentro de este precario el elemento de conciliación de intereses –de «unidad nacional»– al precio de moderar sus antiguas posiciones revolucionarias y antiimperialistas: hay evidencias que indican que la fractura del grupo dirigente libio, que ha conducido al estallido de la rebelión, se debe a la voluntad de Gaddafi de reorientar la política libia –incluyendo propuestas de renacionalización de empresas, un mejor reparto entre la población de las riquezas del petróleo, combatir a la corrupción entre los altos funcionarios– hacia los sectores más desfavorecidos en detrimento de los sectores más aburguesados, occidentalizados y corruptos que se beneficiaron de la etapa de liberalización y acercamiento a occidente.

Además, promovió una reestructuración del gobierno y reformas que permitieran una participación directa de la población a través de los Comités Populares: «No tengáis miedo a redistribuir directamente el dinero del petróleo y a crear estructuras de gobierno más justas y que respondan a los intereses del pueblo» expresó Gaddafi en el año 2008 (6). Si esto fue una frase vacía o una intención real no se puede demostrar, pero el hecho de que altos funcionarios y militares hayan traicionado a Gaddafi y lideren la oposición otorga credibilidad a la hipótesis de que un viraje a la izquierda del líder libio provocara el descontento y el sabotaje de las capas más corruptas y aburguesadas del país, que vieron peligrar seriamente sus intereses. El desenlace ya lo conocemos: connivencia con las potencias enemigas y preparación de una insurrección armada que rápidamente derribara el gobierno. Al fallar estrepitosamente el plan A, se pasa al plan B: intervención directa de la OTAN para sustituir a Gaddafi y colocar un gobierno títere.

El “Frente Popular” anti-Gaddafi y el concepto de democracia de la izquierda OTANista

Para la izquierda OTANista se acabó definitivamente la defensa de la soberanía nacional de los países oprimidos, ya que eso no concuerda con sus “principios revolucionarios: ¡que viva el derecho de injerencia de las potencias occidentales y el imperialismo “humanitario”! En nombre de la lucha contra las dictaduras, la izquierda OTANista sigue la estela de la globalización imperialista y de la balcanización de los países “recalcitrantes”.

En el “Frente Popular” anti-Gaddafi, constituido por un matrimonio de conveniencia de corrientes de izquierdas mutuamente excluyentes, los sectores más vociferantes –que se declaran seguidores del marxismo–, a pesar de sus radicales manifestaciones de fe revolucionarias y de su aparente repudio al sistema de gobierno liberal-burgués (lo que antiguamente en la izquierda se conocía como «democracia burguesa»), en el fondo consideran que esta forma de gobierno occidental es el régimen político deseable para los pueblos oprimidos. Por ello en sus análisis la izquierda occidentalista no dedica ni una palabra a definir el contenido de “dictadura” o de “democracia”, dejando de lado la cuestión fundamental que planteaba Marx o Lenin: dictadura o democracia son conceptos vacíos si no se precisa qué clases o grupos sociales ejercen la dictadura o la democracia, quien controla el Estado y a qué intereses sirve.

La izquierda occidentalista que se reclama del marxismo considera que la democracia burguesa imperialista, que a los ciudadanos occidentales nos otorga algunos derechos como los electorales, libertad de partidos y libertad de expresión –a pesar de que tales derechos estén limitados, manipulados y restringidos para las mayorías, y de dependan en última instancia de la posición social y de la riqueza de cada ciudadano–, es siempre preferible a cualquier otra forma de gobierno que se aleje del patrón establecido por la burguesía o de lo que ellos tienen establecido como solución ideal en sus manuscritos políticos sagrados: la llamadadictadura del proletariado. Y esta dictadura del proletariado, debe aplicarse inmediatamente tanto en las ciudades industriales de occidente, como entre los nómadas de las arenas del desierto, o entre los esquimales del ártico. No hay término medio, según los “marxistas occidentlaistas”: si no se puede implantar la dictadura del proletariado, hay que adoptar la democracia burguesa. Para ellos la democracia burguesa siempre es una forma de gobierno superior a estos regímenes –Cuba, Venezuela, Belarús, y cualquier otro– que, considerados «deformados», intentan sobrevivir como pueden en un mar de dificultades, problemas y contradicciones generadas sobre todo por la amenaza mortal imperialista.

A pesar de que algunas formas de gobierno en el Tercer Mundo hayan representado en algunos casos avances sociales más o menos significativos para sectores sociales marginados –mujeres, obreros, indígenas, pobres, etc.–, deben ser implacablemente borrados del mapa. Es por ello que muchas veces los regímenes antioccidentales surgidos en la periferia del sistema, que pueden llevar en su interior elementos de progreso para las mayoría, pero que adoptan formas políticas “heterodoxas”, causan temor a una buena parte de la izquierda eurocentrista, descolocada por encontrarse fuera de su esquema mental binario “burguesía/proletariado” anclado en la estructura de clases europea de los siglos XIX-XX. En lugar de tratar de aprender de otras experiencias y contextos sociales, esta izquierda reacciona, por el contrario, cultivando actitudes de superioridad y prepotencia, organizando griteríos y gesticulaciones contra el gobernante o régimen de turno que toca ser bombardeado por la OTAN.

Gaddafi frente a la invasión imperialista: internacionalismo frente al OTANismo

El apoyo a las fuerzas antiimperialistas en los países oprimidos, aunque se presente en formas poco “democráticas” según los referentes occidentales, constituía una de las mejores tradiciones de la izquierda, destruida por la izquierda occidentalista.

Si Gaddafi es un héroe o es un villano, deberá decidirlo el pueblo libio libre de la injerencia imperialista, pero no hay dudas de que ahora lidera una lucha antiimperialista y patriótica, y debe ser apoyado por la izquierda consecuente. La opinión respecto a la “pureza revolucionaria” del régimen de Gaddafi es ahora un tema completamente secundario: el líder libio es un dirigente atacado por la maquinaria neocolonial puesta en marcha por el imperialismo. Esto es así pese a los miedos o vergüenzas que tiene la izquierda occidentalista en realizar acciones de solidaridad, escondidas con la fraseología vacía y engañosa de los “principios revolucionarios” que le evitan tener que escoger partido y que le han llevado a asumir la propaganda de guerra de la OTAN para desarmar la solidaridad con el pueblo libio.

Pero la izquierda OTANista que forma parte del “Frente Popular” anti-Gaddafi no puede comprender estas verdades: ayer formó parte del “Frente Popular” anti-Saddam o anti-Milosevic y mañana, en cuanto tenga ocasión, probablemente formará parte del “Frente Popular” anti-Chávez, anti-Morales o anti-Raul Castro. Emborrachada de mesianismo occidentalista, no puede comprender que el centro de la izquierda mundial hace mucho que se desplazó de Europa a otras regiones del mundo donde ha conseguido arraigar entre las masas, esforzándose por ofrecer soluciones concretas a los problemas estructurales y a la pobreza endémica.

Es urgente que la izquierda occidental recupere su sentido de crítica y autocrítica –y ante todo, el verdadero sentimiento antiimperialista y solidario con los pueblos oprimidos, que implica decir las cosas claras aunque sean impopulares, y tomar partido, escoger un bando– si alguna vez quiere volver a convertirse en alternativa para los pueblos de occidente. Pero esas urgencias, lamentablemente, han vuelto a ser ignoradas por una buena parte de la izquierda, por esa izquierda occidentalista que tiene pánico a tomar partido y prefiere quedarse en la cómoda ambigüedad, sobre el bien y el mal, equiparando moral y políticamente a los agresores con los agredidos. Hay una reiteración de ejemplos históricos en los cuales los demonios del imperialismo –Milosevic, Saddam, Kim il Sung, etc.,- provocaron el descuelgue sucesivo de diversos sectores de la izquierda, unos por convicción y otros por confusión o miedo a ser encasillados junto al «eje del mal».

Cuando las próximas campañas de la propaganda de guerra recaigan sobre Hugo Chávez, Daniel Ortega o Raúl Castro, nuevos sectores de la izquierda occidentalista “descubrirán” argumentos que les muestre que “estaban equivocados” o los malos que son los nuevos “demonios”, y así podrán repudiar sus antiguas solidaridades con la conciencia bien tranquila. La enseñanza de esta izquierda es: no importa que el concepto de anticolonialismo quede arrinconado en el museo de la historia mientras no se salga de forma incorrecta en la foto, mientras no se defiendan opciones impopulares y mal vistas por el pensamiento dominante.

Parafraseando a Lenin, que definió al imperialismo como la fase superior del capitalismo, donde éste entra en descomposición final, podemos afirmar que la izquierda OTANista es la fase superior de la izquierda occidentalista, la fase terminal de una izquierda que está a la deriva y perdiendo sus últimas opciones de conectar con la realidad de las masas de sus propios países.

Hoy el imperialismo es un poder casi hegemónico que sólo encuentra escasos núcleos de resistencia, y las irresponsables posturas de la izquierda occidentalista contribuyen a disolver esta resistencia y a encubrir el carácter criminal del imperialismo. Por fortuna, algunos síntomas esperanzadores comienzan a vislumbrarse entre cierta izquierda, incluyendo algunos sectores de la izquierda occidentalista, que perciben la gravedad del momento y lo erróneo de algunas políticas. Hay señales esperanzadoras que apuntan al renacimiento de la izquierda internacionalista y anticolonialista, lo que permitiría unir esfuerzos de todos los gobiernos y fuerzas antiimperialistas y progresistas en una nueva fase de resistencia que frene la barbarie y la guerra infinita promovida por los gobiernos imperialistas y posibilite un avance para los trabajadores y pueblos oprimidos. En esa gran tarea deben colaborar, sin escatimar esfuerzos y sin dejar espacio al dogmatismo estéril y a los sectarismos disolventes, todos aquellos que se consideran internacionalistas y solidarios.


Fidel critica la intervención militar en Libia


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